Este es el discurso introductorio de David North, presidente del Consejo Editorial Internacional del WSWS, en el seminario web 'La Revolución estadounidense y su lugar en la historia: de la guerra contra la monarquía a las protestas ‘Sin Reyes’', realizado para conmemorar el 250º aniversario de la Revolución estadounidense y la Declaración de Independencia.
Este aniversario se desarrolla en medio de una escalada de ataques contra los derechos democráticos y los fundamentos de la democracia estadounidense. El presidente ha hablado abiertamente de un gobierno dictatorial. Después de perder las elecciones de 2020, intentó anular su resultado y bloquear la transferencia pacífica del poder. Su regreso al cargo en 2024, a pesar de este acto criminal, es una señal no solo de un colapso de las instituciones democráticas, sino también de una profunda erosión de la conciencia democrática.
En estas condiciones, la Revolución estadounidense adquiere una inmensa importancia contemporánea. Estos son tiempos, como dijo Tom Paine, que ponen a prueba las almas de los hombres.
No solo estamos conmemorando un aniversario nacional. La Revolución estadounidense nunca fue un acontecimiento meramente estadounidense. Desde sus primeros días, se entendió que tenía una importancia histórica mundial. Cuando Paine escribió que 'la causa de Estados Unidos' era 'la causa de toda la humanidad', expresó el hecho de que la lucha en las colonias planteaba cuestiones universales: monarquía o republicanismo, privilegio hereditario o soberanía popular, subordinación colonial o autogobierno.
La Guerra Civil, que surgió de la primera Revolución, tuvo igualmente una importancia histórica mundial: destruyó la esclavitud y planteó de nuevo si los principios democráticos proclamados en 1776 podían hacerse realidad. Como la revolución democrático-burguesa más completa de la historia, creó las condiciones para el desarrollo explosivo del capitalismo y el surgimiento de Estados Unidos como potencia mundial dominante. También dio origen a una clase obrera masiva y a una historia de violentos conflictos de clase, con la cual el desarrollo del gran movimiento por los derechos civiles del siglo pasado estuvo inseparablemente vinculado.
Sin embargo, hoy el ataque político a la democracia va acompañado de un repudio del propio legado revolucionario y democrático. Dentro del ámbito académico, y dentro de gran parte de lo que se autodenomina izquierda, la Revolución estadounidense se presenta no como un avance histórico mundial, sino como un acontecimiento reaccionario. Todos los documentos y estructuras políticas que prepararon y surgieron de la Revolución son desestimados.
La Declaración es tratada no como una declaración de principios universales cuyas implicaciones excedieron las intenciones de sus autores, sino como hipocresía y engaño.
Pero afirmar que toda la brillante obra política producida para justificar la revolución —desde el vasto corpus de la Ilustración europea que proporcionó la inspiración intelectual-filosófica para la revolución y la propia Declaración de Independencia— no fue más que un intento de encubrir los objetivos contrarrevolucionarios de la lucha estadounidense por la independencia, equivale a afirmar que Miguel Ángel pintó la Capilla Sixtina para tapar una grieta en el techo del Vaticano.
El conflicto sobre el significado de los acontecimientos históricos es legítimo e inevitable. Ninguna historia seria puede proceder mediante la creación de mitos patrióticos. La Revolución estadounidense nació en la contradicción: sus promesas fueron negadas a los esclavizados, a las mujeres, a los pueblos indígenas, a los trabajadores sin propiedad y a muchos otros. Fue, para definir el acontecimiento en términos históricos y socioeconómicos apropiados, una revolución democrático-burguesa.
La revolución no logró todo lo que prometió. La vida y la libertad, por no hablar de la felicidad, son cada vez más problemáticas en Estados Unidos. Y dada la concentración masiva de riqueza que caracteriza a la sociedad contemporánea, lo que hoy gobierna en Washington no se acerca ni remotamente a lo que Lincoln tenía en mente cuando habló de un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
Pero la historia no puede entenderse mediante la denuncia moral. Una actitud moralizante hacia el pasado no tiene poder explicativo, y menos aún en el estudio de las revoluciones. Decir que los fundadores eran hipócritas no explica por qué ocurrió una revolución, por qué la Declaración adquirió una fuerza más allá de sus intenciones, o por qué su lenguaje fue retomado por abolicionistas, esclavizados, trabajadores, socialistas y luchadores por los derechos civiles. Y no explica cómo surgió el mundo en que vivimos.
Una teoría de la historia debe explicar más que un solo acontecimiento seleccionado. Debe dar cuenta de amplios procesos históricos: la Revolución estadounidense, la Guerra Civil, la Revolución francesa, 1848, el surgimiento del socialismo, los sindicatos industriales, la Revolución rusa, las luchas anticoloniales y los movimientos sociales del siglo XX.
Por eso la sustitución del conflicto de clase por la teoría racial tiene implicaciones de tan largo alcance. Si el conflicto racial se convierte en el eje central de la historia, la clase obrera queda reducida en su importancia como fuerza histórica mundial. El socialismo queda separado de las revoluciones democráticas, cuyas promesas incumplidas buscaba llevar adelante. La Revolución de Octubre se vuelve inexplicable en sus propios términos: como producto de la guerra, el conflicto de clase, el colapso del Estado, la conciencia socialista y la lucha por el poder obrero.
La esclavitud, el colonialismo y la opresión racial han desempeñado un papel importante en la historia estadounidense. Pero no pueden entenderse al margen de la propiedad, el trabajo, el poder de clase, el imperialismo y el Estado.
La Declaración fue revolucionaria no porque sus autores fueran moralmente puros, sino porque enjuició el orden social y político existente y llamó a su derrocamiento en los términos más amplios y universales. Proporcionó el impulso político e ideológico para el extraordinario desarrollo económico, la expansión territorial y la transformación social subsiguientes de un puesto colonial de avanzada en un Estado-nación capitalista independiente y cada vez más poderoso.
Al mismo tiempo, los principios democráticos que evocó trascendieron las limitaciones objetivas que le impuso su propia época. En esto residía el gran y perdurable poder de la Declaración. Era tanto de su tiempo como del futuro.
La Declaración expresó en el sentido más profundo la dialéctica de la historia. Como explicó Marx: 'La humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues, bien miradas las cosas, vemos siempre que estos objetivos sólo brotan cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando las condiciones materiales para su realización'. En 1776, las condiciones para la abolición de la esclavitud apenas comenzaban a surgir. Para 1861, las condiciones para completar esa tarea estaban dadas.
Y la transición de la primera a la segunda etapa de la revolución democrático-burguesa se produjo con bastante rapidez. La primera era revolucionaria no era tan lejana para quienes desempeñaron papeles importantes en la abolición de la esclavitud. Thaddeus Stevens, el más grande de los republicanos radicales, nació en los primeros años de la presidencia de George Washington. Cuando Abraham Lincoln nació, Thomas Jefferson todavía ocupaba la recién construida Casa Blanca.
La Revolución estadounidense aceleró el movimiento contra la esclavitud. En relación con nuestro propio tiempo, ochenta y siete años —la distancia en el tiempo entre la Declaración de 1776 y el Discurso de Gettysburg de 1863— nos remonta a 1939, el inicio de la Segunda Guerra Mundial. ¿Parece tan lejano ese acontecimiento?
En el debate sobre la Revolución, lo que está en juego no es solo la interpretación del pasado, sino la conciencia política y la perspectiva necesarias para el futuro. Si la izquierda abandona la tradición democrático-revolucionaria, si trata la igualdad, los derechos, la soberanía popular y la emancipación universal como puro engaño, corre el riesgo de entregar esa tradición a la reacción. Y eso es lo que está ocurriendo.
La condición previa para un debate serio debe ser una actitud escrupulosa hacia los hechos. El siglo XX ha mostrado las consecuencias catastróficas de la falsificación histórica, sobre todo en la falsificación de la Revolución rusa, donde las mentiras justificaron la traición, la represión y el asesinato en masa. No hemos llegado a ese punto en Estados Unidos. El inflado coloso anaranjado que se imagina dominando el Potomac tiene pies de barro. La oposición social crece constantemente. Pero la oposición de los trabajadores y los jóvenes debe armarse con un conocimiento de la historia y sus lecciones.
Este importante aniversario debería ser una oportunidad para explicar qué fue revolucionario en la Revolución, qué fue limitado, qué fue traicionado, qué fue llevado adelante y qué sigue sin resolverse.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 26 de junio de 2026)
