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Perspectiva

El Pentágono toma el control del petróleo venezolano: el saqueo imperialista y la bancarrota del nacionalismo burgués

Delcy Rodríguez se reúne con el jefe del Comando Sur de EEUU, general Francis Donovan, el 6 de julio de 2026 [Photo: Presidencia de Venezuela]

El 24 de junio, el terremoto más fuerte que ha azotado a Venezuela en 125 años mató a más de 6.500 personas y dejó a decenas de miles desaparecidas. Dos meses después, con gran parte de las víctimas todavía viviendo en carpas en plazas y aceras, Donald Trump anunció que el Gobierno de Estados Unidos está tomando el control del petróleo venezolano.

El viernes por la noche, Trump se jactó en las redes sociales de que Washington había asegurado el “control mayoritario estadounidense de más de 65.000 millones de barriles de reservas petroleras probadas en Venezuela”. Esto equivale a una quinta parte de las reservas venezolanas, las mayores del mundo. Sin embargo, Washington está afirmando efectivamente su control sobre la totalidad de la industria.

The Wall Street Journal ha documentado desde entonces que una empresa privada dirigida por el empresario venezolano Alejandro Betancourt recibirá derechos por un siglo para desarrollar 17 campos petroleros. La Oficina de Capital Estratégico del Pentágono tomará una participación del 35 por ciento mediante penny warrants —capital accionario a un costo prácticamente nulo—, junto con derechos preferenciales para comprar el 20 por ciento de la producción a precio de costo.

En suma, el Departamento de Guerra de Estados Unidos se está apoderando del petróleo de un país que invadió hace ocho meses, no como mero intermediario o financista, sino como propietario.

Esta es la demostración más clara hasta ahora de que la incipiente tercera guerra mundial en marcha es una guerra de conquista y reparto coloniales. El petróleo está siendo confiscado a su vez para alimentar las guerras de Washington contra Irán, Rusia y China.

La medida también es inseparable de la guerra comercial contra Canadá, del cambio de nombre del Golfo de México y del Lago Ontario, y de la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, que reivindica la dominación estadounidense sobre todo el hemisferio. El imperialismo estadounidense está convirtiendo las Américas en una base de recursos y una plataforma de lanzamiento para la guerra mundial.

Dos cosas quedan al descubierto. La primera es el gansterismo de la clase dominante estadounidense, que ha abandonado su antigua pretensión de defender el derecho internacional, los derechos humanos y la democracia. La segunda es la venalidad y la cobardía de la burguesía latinoamericana y de sus apologistas pequeñoburgueses —ante todo el movimiento chavista, aclamado durante dos décadas por las tendencias pablistas, estalinistas y académicas como un nuevo camino al socialismo—. Ahora preside la entrega de la riqueza nacional de Venezuela al Pentágono.

Los términos del despojo

El acuerdo fue negociado en secreto por el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, y Delcy Rodríguez, quien fue instalada después de que fuerzas especiales estadounidenses secuestraran al presidente Nicolás Maduro el 3 de enero. El acuerdo se alcanzó en una llamada telefónica. No hubo votación alguna. Los ejecutivos de la empresa estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA), por no hablar de la clase obrera, se enteraron de la entrega por la prensa.

La decisión constituye una violación flagrante de la Constitución venezolana de 1999, que establece los yacimientos de hidrocarburos como propiedad inalienable de la República y prohíbe la cesión o el arrendamiento del territorio nacional a potencias extranjeras.

Rafael Ramírez, expresidente de PDVSA y ministro de Petróleo de Hugo Chávez, calcula que los 209.000 millones de dólares que Rodríguez promete en ingresos fiscales por el acuerdo equivalen a una tasa de regalías del 3,7 por ciento, inferior a la que Venezuela cobraba bajo la dictadura respaldada por Estados Unidos de Juan Vicente Gómez hace un siglo. Señala que más de 15.000 millones de dólares procedentes de 222,7 millones de barriles ya vendidos desde enero permanecen en una cuenta del Tesoro estadounidense.

El socio del Pentágono, Betancourt, está siendo investigado en España y Suiza por lavar dinero desviado de PDVSA. Según el Washington Post, funcionarios de Trump intervinieron ante los fiscales suizos para levantar su orden de extradición y sus restricciones de viaje. Miembro de la boliburguesía, enriquecido gracias a sus conexiones con el Gobierno chavista, Betancourt vio eliminados sus problemas legales como pago por servir de testaferro del Pentágono.

El momento elegido para el acuerdo cumple un propósito político inmediato. A dos meses de las elecciones de medio término en Estados Unidos, con la guerra contra Irán prolongándose y alimentando la inflación, Trump intenta vender el acuerdo como una victoria. Sin embargo, debe subrayarse: nada de esto reducirá los precios de la gasolina. Venezuela produce 1,25 millones de barriles diarios —comparable a Dakota del Norte— y sus puertos no pueden manejar más.

El saqueo del petróleo venezolano por el Pentágono debe poner fin a todo discurso sobre Estados Unidos como líder del “mundo libre”. Lo que existe es una oligarquía que opera con los métodos de la mafia, valiéndose de lavadores de dinero y acusados por narcotráfico allí donde faciliten el saqueo, y levantando sus procesos judiciales como pago. Y este es el modelo para todo el hemisferio, de Canadá a Tierra del Fuego, con el capital ruso, chino y, cuando convenga, europeo excluido por la fuerza.

Las implicaciones dentro de Estados Unidos no son menos peligrosas. Las fuerzas armadas están constitucionalmente subordinadas a la autoridad civil y dependen de las asignaciones presupuestarias del Congreso. Un Pentágono que acumula participaciones accionarias y activos generadores de ingresos en el extranjero adquiere sus propios intereses económicos directos y un grado de autonomía institucional que la estructura constitucional fue diseñada expresamente para impedir. Las guerras de saqueo están siendo financiadas y dirigidas fuera del alcance de las formas democráticas que aún sobreviven en Washington.

A través de todo ello se mueve la familia mafiosa de Trump, que sin duda busca quedarse con una parte para sí misma, sin auditoría ni divulgación alguna. Lo que está emergiendo es un aparato estatal militar-financiero que fusiona la coerción armada, la autoridad presupuestaria y la propiedad directa de activos extranjeros: las bases materiales de una dictadura, dirigida en última instancia contra la clase obrera estadounidense.

La culminación de un siglo de saqueo

Situada en su contexto histórico, la apropiación estadounidense del petróleo venezolano es el acto más abiertamente colonial impuesto al país desde su independencia de España hace dos siglos. Ni siquiera las dictaduras que entregaron los campos petroleros a la Standard Oil cedieron la propiedad formal a un Estado extranjero.

El imperialismo estadounidense volcó su atención sobre Venezuela en diciembre de 1902, cuando Reino Unido, Alemania e Italia enviaron buques de guerra a cobrar las deudas que se debían a sus tenedores de bonos. Cuando el presidente Cipriano Castro se negó a pagar, bloquearon la costa, hundieron buques venezolanos, bombardearon Puerto Cabello y desembarcaron tropas. El presidente estadounidense Theodore Roosevelt medió un acuerdo, diciéndoles inicialmente a las potencias europeas que podían cobrar sus deudas siempre que no se apoderaran de territorio.

Roosevelt codificó entonces la hegemonía estadounidense en el corolario de 1904 a la Doctrina Monroe: Estados Unidos ejercería un “poder de policía internacional” en todo el hemisferio, de modo que las potencias europeas no tuvieran pretexto alguno para intervenir.

En 1908, con buques de guerra estadounidenses frente a las costas, Juan Vicente Gómez tomó el poder mientras Castro se encontraba en el extranjero. Reconocido de inmediato por Washington, Gómez gobernó mediante la tortura, las cadenas de presos y los pelotones de fusilamiento hasta su muerte en 1935, entregando los campos de Maracaibo a la Standard Oil y a la Shell. Venezuela se convirtió en el primer exportador de petróleo del mundo, y el dictador en el hombre más rico del país.

Todo intento nacionalista de superar este marco fracasó. Rómulo Gallegos, el primer presidente elegido libremente del país, promulgó el impuesto del 50-50 y fue derrocado por los militares a los pocos meses. Marcos Pérez Jiménez, quien consolidó el poder tras el golpe, dirigió campos de concentración y un aparato de policía secreta durante seis años y recibió la Legión del Mérito de manos del presidente estadounidense Dwight Eisenhower. Una nacionalización parcial en 1976 compensó a las compañías petroleras con unos 1.000 millones de dólares y no alteró nada estructuralmente: se explotaron los mismos campos y los mismos gerentes vendieron abrumadoramente al mismo comprador.

Cuando los precios del petróleo se desplomaron en la década de 1980, la deuda venció, y Carlos Andrés Pérez —elegido en 1988 con la promesa de resistir al FMI— anunció un paquete de ajuste estructural en febrero de 1989 que duplicó los precios de los combustibles de la noche a la mañana. La respuesta fue el Caracazo: una erupción espontánea de la clase obrera urbana que comenzó con los aumentos de los pasajes y se extendió por Caracas y una docena de ciudades. Pérez suspendió las garantías constitucionales y envió al ejército a los barrios obreros.

Esta lucha fue una experiencia decisiva de la clase obrera venezolana en el siglo XX. Pero, a falta de una expresión política independiente, la ira social fue capturada en cambio por un sector del cuerpo de oficiales encabezado por Hugo Chávez. Tras un golpe fallido en 1992, fue elegido en 1998, canalizando exitosamente el descontento hacia el marco del Estado burgués.

Lo que el chavismo fue realmente

Lo que se presentó durante dos décadas como el “Socialismo del Siglo XXI” fue, desde sus orígenes, el desvío de un ascenso revolucionario hacia el reformismo nacional financiado por la renta petrolera.

El análisis de León Trotsky sobre las nacionalizaciones de Lázaro Cárdenas en México ofrece la explicación más clara de este fenómeno. Un Gobierno nacional burgués en un país semicolonial, escribió, “vira entre el capital extranjero y el nacional”, gobernando ya sea como instrumento del capital extranjero, ya sea maniobrando con el proletariado para ganar un margen limitado frente al capital extranjero. Trotsky fue explícito en que sería “un engaño rotundo” afirmar que el camino al socialismo pasa por la nacionalización a manos de un Estado burgués.

Bajo Chávez, la participación del sector privado en el PIB alcanzó el 70 por ciento, superior a la de 1998. La participación patronal en la riqueza nacional frente a la de los trabajadores alcanzó un récord del 48,8 por ciento en 2008, mientras los salarios reales caían. En 2012, Venezuela tenía los bancos más rentables del mundo y la bolsa de valores de mejor desempeño. Las misiones que ampliaron la asistencia social y los servicios fueron reales y redujeron temporalmente la pobreza. Pero nada alteró la dependencia del país de una sola materia prima y, a través de ella, del capital financiero imperialista.

Cuando los precios se desplomaron y Obama declaró a Venezuela una amenaza a la seguridad nacional, todo el edificio se vino abajo. El chavismo y sus apologistas habían suprimido sistemáticamente la única fuerza capaz de oponerse a la agresión imperialista, la lucha independiente de la clase obrera, y su propio “antiimperialismo” quedó expuesto como mera retórica vacía.

En 2024, la propia Rodríguez denunció a la oposición respaldada por Estados Unidos por querer entregar el petróleo, el gas y el oro de Venezuela a sus “amos” en Washington. En septiembre de 2025 declaró al New York Times que el Pentágono siempre había tenido el objetivo estratégico de obtener las reservas venezolanas. Sabía exactamente lo que se avecinaba. Ahora ayuda a administrarlo.

Tras una reciente entrevista con Rodríguez, TIME describe el resultado como un Estado clientelar: Rubio supervisa la administración de los ingresos petroleros y las finanzas públicas; los ingresos por exportaciones se mantienen en una cuenta bloqueada y se liberan a medida que Caracas cumple las condiciones; Rodríguez consulta a Rubio sobre el nombramiento de su ministro de Defensa; y hay contacto casi diario por teléfono y WhatsApp.

La capitulación quedó subrayada cuando Nicolás Maduro Guerra —diputado de la Asamblea Nacional, hijo del presidente secuestrado y él mismo señalado en la acusación por narcotráfico— emitió un comunicado formal agradeciendo a Trump y a Rubio por nombre por el papel que desempeñaron en el acuerdo, mientras su padre permanece en una celda neoyorquina.

La condena va más allá de Venezuela. El castrismo en Cuba, los sandinistas en Nicaragua y todo movimiento nacionalista burgués del siglo pasado se mostraron incapaces de oponerse al imperialismo. Caso tras caso, el intento de presentar a estos regímenes como “socialismo” sirvió únicamente para desarmar políticamente a la clase obrera.

El retorno al colonialismo

El Comité Internacional de la Cuarta Internacional ha sido la única tendencia en analizar estos procesos a medida que se desarrollaban. En agosto de 1990, en vísperas de la primera guerra del golfo Pérsico, David North declaró ante un congreso de la Workers League que el mundo había entrado en un nuevo reparto imperialista del planeta: el fin de la era de posguerra significaba el fin de la era poscolonial, y las antiguas colonias que habían alcanzado cierto grado de independencia serían ahora sometidas nuevamente.

Todo un estrato de regímenes nacionalistas burgueses en Asia, África, Oriente Próximo y América Latina había derivado su margen de maniobra principalmente de la existencia de la Unión Soviética. El apoyo de la burocracia estalinista a estos movimientos nunca fue antiimperialista en ningún sentido de principios: era un medio para aliviar la presión sobre la URSS, y venía acompañado de la supresión sistemática de la revolución socialista. Pero, cualquiera que fuese su cinismo, proporcionaba a estos Gobiernos cierto respaldo diplomático, militar y económico. Podían equilibrarse entre los bloques, arrancar concesiones, nacionalizar una industria, amenazar con virar hacia el este.

Cuando la burocracia estalinista disolvió la Unión Soviética en 1991, esa base se desvaneció, y con ella toda restricción a la violencia imperialista directa contra los antiguos países coloniales. Lo que ha seguido ha sido la destrucción sistemática de cuanta independencia y soberanía habían conquistado.

Tres décadas y media de guerra continua —Irak, Yugoslavia, Afganistán, Libia, Siria, Sudán, Palestina y ahora Irán y Venezuela— constituyen una sola campaña prolongada para liquidar, Estado por Estado, todo obstáculo que los movimientos anticoloniales del siglo XX habían erigido contra el dominio imperialista irrestricto. El objetivo del imperialismo es rehacer el mundo como si la Revolución de Octubre de 1917 y los levantamientos anticoloniales nunca hubieran ocurrido.

Venezuela es donde este proceso encuentra su expresión más descarnada. El Pentágono es ahora propietario del crudo venezolano; las compras chinas se han reducido a cero y las empresas conjuntas con Rusia han sido canceladas.

Ramírez advierte que el arreglo se sostiene sobre arcilla y que los venezolanos no lo aceptarán. El saqueo descansa sobre la austeridad social y la pobreza masiva, y se impone a una población que acaba de enterrar a más de 6.500 personas y enfrenta una devastación total. Y Washington ha agotado todo instrumento político para contener la ira que está generando: la oposición derechista sigue siendo odiada y los chavistas administran abiertamente el saqueo, incapaces de presentarse como otra cosa que los títeres de Washington. Lo que queda es la fuerza bruta a través de la Guardia Nacional Bolivariana y los marines estadounidenses.

Las perspectivas políticas desarrolladas por el Comité Internacional de la Cuarta Internacional han sido plenamente confirmadas por los acontecimientos, en un momento en que la clase obrera representa una fuerza social inmensamente mayor que en cualquier otro momento de la historia. Su unificación consciente a través de Venezuela, Estados Unidos y las Américas bajo el programa de la revolución socialista mundial del CICI es la única respuesta a la recolonización y a la guerra mundial.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 30/08/2026)

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