El balance internacional del castrismo
La glorificación del guerrillerismo pequeñoburgués como un nuevo camino al socialismo desempeñó un papel sumamente pernicioso al allanar la vía para la subordinación de la clase obrera a diversos líderes nacionalistas burgueses, desde Juan Perón en Argentina hasta Salvador Allende en Chile, Juan José Torres en Bolivia y Juan Francisco Velasco Alvarado en Perú.
En 1971, durante su propia visita a Chile, Castro bendijo la 'vía chilena [parlamentaria] al socialismo', encabezada por Allende, llamando a los trabajadores en varios discursos prominentes a 'unirse' en apoyo a lo que denominó un 'proceso revolucionario' bajo el gobierno de la Unidad Popular. El resultado de estos esfuerzos por bloquear a los trabajadores en la toma de un camino revolucionario independiente fue el golpe de Estado respaldado por Washington encabezado por el jefe militar de Allende, Augusto Pinochet, que ahogó en sangre el movimiento obrero chileno, incluyendo a muchos de los propios seguidores de Castro.
Washington explotó sistemáticamente el espectro de 'otra Cuba' para justificar su ofensiva contrarrevolucionaria en todo el hemisferio: la invasión de la República Dominicana en 1965, la invasión de Granada en 1983, el respaldo a dictaduras represivas en América del Sur, y sus guerras por delegación contra el FMLN en El Salvador y los sandinistas en Nicaragua. En cada caso, estos gobiernos y movimientos nacionalistas burgueses desarmaron a los trabajadores —política y físicamente—, facilitando los golpes de Estado y la instalación de regímenes serviles al imperialismo estadounidense.
La promoción de la guerra de guerrillas como sustituto de la organización de la clase obrera llevó a miles de jóvenes radicalizados a aventuras suicidas aisladas del movimiento de masas. Esta perspectiva sólo sirvió para separar a los elementos revolucionarios de la clase obrera, arrojarlos a confrontaciones armadas desiguales con el Estado y obstaculizar la construcción de partidos obreros revolucionarios. En ningún lugar el apoyo a tales regímenes o métodos ha conducido al socialismo.
En la década de 2000, el castrismo brindó apoyo político a los gobiernos de la 'marea rosa', comenzando con Hugo Chávez en Venezuela, que llevaron a cabo limitados programas de asistencia social pero dejaron intacto el Estado capitalista —y cuyos liderazgos han demostrado ser completamente cómplices de la embestida de la administración Trump contra Cuba en la actualidad.
La dura lección de la historia latinoamericana es ésta: la subordinación de la clase obrera al nacionalismo burgués o pequeñoburgués sólo crea las condiciones para las derrotas. La lucha por el socialismo requiere la plena independencia política de la clase obrera y la construcción de una dirección marxista revolucionaria.
La oposición trotskista al liquidacionismo
El movimiento trotskista organizado en el Comité Internacional de la Cuarta Internacional ha defendido implacablemente a Cuba y a su pueblo frente a la agresión imperialista. Ha combinado esa defensa con una lucha irreconciliable contra las fuerzas estalinistas y pablistas que subordinaron a la clase obrera al castrismo y a otros liderazgos nacionalistas burgueses y pequeñoburgueses. Sólo de esta manera es posible defender los intereses históricos de clase de los trabajadores cubanos y de la clase obrera en todo el continente americano.
Este punto debe comprenderse con claridad en la situación actual. La reciente visita del director de la CIA a La Habana tuvo lugar apenas un mes después del 65º aniversario del fallido desembarco de Bahía de Cochinos organizado por la CIA. Estos hechos sirven de paréntesis a todo un período histórico. La postración actual del liderazgo cubano ante Washington, a pesar del coraje de las masas cubanas, no es una traición al castrismo. Es su conclusión lógica.
En 1917, en el período que precedió a la Revolución de Octubre, Lenin adoptó la perspectiva desarrollada por Trotsky en la teoría de la revolución permanente —que en los países con desarrollo capitalista tardío, las tareas democráticas y nacionales históricamente asociadas con la revolución burguesa sólo pueden ser llevadas a cabo por la clase obrera, la cual se verá compelida a conquistar el poder y proceder con medidas socialistas y la lucha por extender la revolución internacionalmente.
Exiliado en México, León Trotsky respondió en 1938 a la nacionalización del petróleo mexicano por el gobierno de Lázaro Cárdenas señalando que esto representaba una ganancia real, pero advirtió:
En los países industrialmente atrasados, el capital extranjero desempeña un papel decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación con el proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales del poder estatal. El gobierno vacila entre el capital extranjero y el nacional, entre la burguesía nacional relativamente débil y el proletariado relativamente poderoso. Esto le otorga al gobierno un carácter bonapartista de tipo particular —se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y encadenando al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, bien maniobrar con el proletariado e incluso otorgarle concesiones, ganando así cierta libertad en sus tratos con el capital extranjero. La política actual del gobierno mexicano sigue la segunda dirección —sus mayores conquistas son la expropiación de los ferrocarriles y las compañías petroleras. Pero sostener que el camino al socialismo pasa no por la revolución proletaria sino por las nacionalizaciones llevadas a cabo por el Estado burgués y su transferencia a las organizaciones obreras sería un error desastroso, un engaño completo.
Este análisis, desarrollado hace más de ocho décadas, describe con una precisión asombrosa tanto la trayectoria del castrismo como el callejón sin salida al que ha llegado, y la alternativa.
Conclusión: El único camino a seguir
La agresión del imperialismo estadounidense contra Cuba, la larga historia de opresión neocolonial y la amenaza actual de una guerra de cambio de régimen exigen la movilización de los trabajadores en Estados Unidos, en Cuba e internacionalmente en defensa incondicional del pueblo cubano. Esa movilización no puede construirse sobre la política del castrismo, el estalinismo o cualquier variante del nacionalismo pequeñoburgués. Todas estas tendencias han demostrado ser obstáculos políticos para la organización independiente de la clase obrera e instrumentos del imperialismo.
La capitulación de los gobiernos 'izquierdistas' nacionalistas de América Latina ante la política de Washington respecto a Cuba impone esta lección con brutal claridad. Tras una reunión en la Casa Blanca con Trump, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, dio crédito a las afirmaciones de Trump de que no planea atacar a Cuba y ordenó a la Armada brasileña que se uniera al portaaviones USS Nimitz en ejercicios militares durante su trayecto hacia el Caribe.
Además, Moscú ha hecho promesas vacías mientras desviaba sus buques cisterna ante la presión estadounidense, y Xi Jinping, de China, se ha negado a hacer de Cuba un tema de conversación en sus encuentros con la administración Trump. Estos gobiernos no son meros espectadores pasivos. Su acomodación al ahogamiento de Cuba es la expresión directa de su carácter de clase: gobiernos capitalistas que temen, por encima de todo, la movilización independiente de la clase obrera que una lucha antiimperialista genuina requeriría.
Este mismo carácter de clase define la tímida oposición del Partido Demócrata en Estados Unidos. Los representantes Jonathan Jackson y Pramila Jayapal viajaron a La Habana en abril para reunirse con Díaz-Canel y reconocieron que la política cubana de Trump está construida sobre mentiras. Jackson le dijo sin rodeos al USA Today: 'Anticipo que Estados Unidos llevará a cabo una acción militar en Cuba... Cuando dicen que están listos para negociar, quieren decir que están listos para invadir'. Pero habiendo reconocido esto, Jackson, Jayapal y sus colegas demócratas han limitado su 'oposición' a cartas oficiales y resoluciones congresionales fallidas basadas en apelaciones al Partido Republicano fascista de Trump.
Sesenta y seis años de castrismo han vindicado lo que el Comité Internacional de la Cuarta Internacional ha sostenido desde el comienzo: que ninguna variante del nacionalismo puede resolver las tareas democráticas de las naciones oprimidas, defender sus conquistas sociales contra los ataques imperialistas ni conducir a la clase obrera al socialismo. El único camino es el que abrió la Revolución de Octubre y que el movimiento trotskista ha defendido en su lucha contra el estalinismo y el pablismo: la organización política consciente e independiente de la clase obrera con un programa internacionalista, orientada a la conquista del poder estatal como parte de la revolución socialista mundial.
